Va por ti Antonio Puerta, compañero y amigo...

No se por donde empezar esto, no se siquiera que decir después de todo cuando aun - como muchos- no me lo creo.

Aun es pronto, para asimilar lo que pasa y más pronto aun para saber lo que...perdemos ¿?

No se si esa es exactamente la palabra... Perder no es un término que aparezca en el diccionario de un auténtico Campeón como Antonio.

Campeón con mayúsculas, Campeón bajo los focos, y Campeón y campeador de la vida.

"Ojala todos los agostos sean como este".....fue lo último que le escuche decir. Creo que ya sabía que el mundo entero iba a corear su nombre hasta llevarle a hombros a las puertas del cielo. Dinastías enteras han soñado con eso sin éxito.

Ahora que bajo la mirada por fin, se que me equivocaba, que todo el mundo estábamos mirando arriba cuando tu aun -y para siempre- estarás aquí entre nosotros.

El primero en saltar al campo cada Domingo, el primero en acunar a tu niño...

Dicen, que cuando la mirada se seca, el camino está cumplido.

Que las lágrimas son el cuentakilómetros de nuestro paso por la tierra...

La misma sonrisa que siempre ofrecía tenía el mismo peso que las lágrimas que derramaba estos años por su Sevilla. Nada hay más bonito que llorar de alegría y dormirse con el alma empapada de ilusión...

Así vive Antonio, donde quiera que este.

Esta si será su verdadera carrera, la única que empezara sabiendo que tiene ganada...

Feliz nueva vida, feliz aventura y recuerda, esto es solo un hasta luego los que de verdad se quieren NUNCA se dicen adiós...
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LA MONEDA DE PUERTA

Sevilla es una moneda con sus dos caras. Haz y envés. Cara y cruz. Joselito o Belmonte. Macarena o Triana. Semana Santa o Feria. ¡Tópicos! En esta larga noche agosteña de angustia y luna llena, miro por la ventana el cielo de mi destierro y las olas me traen los sonidos de mi ciudad a través de la radio. ¡Qué lejos cae ya esa Madrugá de ruanes y terciopelos!

* * *

A media tarde, todos los corazones se sincronizaban y dejaban de latir al conocer la noticia: Puerta ha muerto. Incredulidad. Impotencia. Rabia contenida. Llanto ¿Cómo puede ser eso? ¿Quién escribió los actos de esta tragedia comenzada en la noche del sábado? ¡Si salió del campo andando, que yo lo vi!... ¡No, no puede ser! ¿Cómo va a triunfar la muerte en la ciudad de la vida?...

Hasta ese momento, la moneda de plata de las dualidades de Sevilla definía sus perfiles con fríos cuchillos de acero. Betis y Sevilla. Dos maneras de entender el fútbol. ¿Dos estilos vitales contrapuestos? Dionisos frente a Apolo. Séneca frente a Marte. Rivales. Irreconciliables. Amenazantes. Y es que cerca del Guadalquivir, donde antaño un tío y un sobrino impartían una clase magistral de guasa sevillana, se levantaba hoy una pira gigantesca que crecía en odios y rencores fratricidas. ¡Qué nueva Plaza de San Francisco de agravios, desagravios y caprichos! ¡Qué miedo de bufandas asesinas de ilusiones! ¡Qué temor de río teñido en sangre negra!

Entonces, surgió el héroe. Un héroe sevillista que ya forma parte de la leyenda de la ciudad. Era necesario. Su nombre: Antonio Puerta ¿El precio? La muerte en directo. Dicen que el verdadero triunfo del torero es morir en la plaza, y Puerta debutó con picadores en la Maestranza de Sevilla haciendo verónicas a ralentí. Fue una lejana noche de Feria, antes de que el rencoroso toro negro del destino acertara con su femorales. Torero de arte, luego vino la cogida. Traicionera, como todas las cogidas. Sólo los más próximos intuyeron que allí había hule. Después vinieron las prisas del traslado y la inhumana agonía entre tubos y respiradores artificiales. Y ahí es donde yo lo vi -Bécquer apócrifo- durante los dos días de su pasión, levantando la moneda dual de Sevilla en sus manos y diciéndonos a todos desde la UCI del Virgen del Rocío: “Paisanos, dejaos de tonterías y escuchad la verdadera historia: San Fernando era tan bético como sevillista. Como San Isidoro y San Leandro. Lo que pasa es que sus retratos se perdieron camino de La Palmera y por eso sólo salen en el escudo que aún llevo sobre mi pecho… ¡Pero queréis escucharme!... Dejad de pelearos como niños chicos por esa moneda de latón y mirad esta otra de plata. Esta es la que realmente importa. Es la de la vida. Es la de mi vida. Es la de vuestra vida…”

Y efectivamente ahí estaba. La moneda más importante. Esa que se lleva un corazón por delante cuando en la mano del árbitro sale cruz, se sea sevillista o se sea bético. Sencillamente porque la muerte no entiende de barrios ¿Heliópolis? ¿Nervión? ¿Qué es eso para una guadaña? Mucho más que un sentimiento, que un escudo o una bandera. Verde y Rojo. Rojo y verde. Verde de esperanza. Rojo de sangre. Colores sevillanos ambos, herencia de cuna. Hermanados ante una muerte no retórica, llorando conmovidos los dos ante el drama de un chaval de veintidós años. Como nunca. Como siempre debió haber sido.

En la alta noche, yo –ojos enrojecidos- oigo junto al mar latir el corazón de una ciudad que me pone el escalofrío en el alma. Camisetas con el escudo de las trece barras se mezclan en la explanada del Pizjuán con camisetas rojiblancas. Hoy no se espera una nueva Copa, que llega un ataúd ¡Qué distintas las noches! Silencio de cola negra para un paso de caoba que lleva una cruz de bronce sobre el cuarto de las agujas. Tampoco hay saetas. Inesperadamente, Sevilla llora en un desgarro que sólo comprenden los iniciados. “Mucho Betis” gritan los sevillistas. Mientras, los béticos cantan “Sevillista seré hasta que muera…” ¿Qué paradoja, verdad, Antonio? Tu abuelo fundando un club y tu padre jugando en el filial del otro. ¿En qué quedamos, hijo?

Y yo, ¿qué hago yo? Tan lejos, tan distante. Sólo acierto a poner un crespón negro de luto en una bandera verde del centenario que hay en mi balcón. Es mi homenaje. ¿Rivalidad? En el campo. Fuera de él, me alegraré por lo que hagan mis hermanos. Porque, desde hoy, prometo ser mejor bético. Ya aprendí el secreto que conocían mis mayores y que hasta ahora aún no acertaba a intuir: en el fútbol no cabe el odio. Y lo haré por convicción. Por esta noche de angustia. Por el dolor de una madre. Por el hijo que nace huérfano de padre. Por el sacrificio de un chaval honrado que ya forma parte de la leyenda, Antonio Puerta Pérez, el hombre que sirvió para fundir el verde con el rojo. Aquel extremo izquierdo que dejó su alma sobre el césped para que los béticos sintieran por una camisola blanquiroja el respeto que se le tienen a las mortajas.

Estoy seguro que, como yo, toda Sevilla ha entendido tu sacrificio. Al menos, que tu estúpido destino, Puerta, nos sirva para algo. Sólo siento no haber podido estrechar tu mano de sevillista, mirarte a los ojos y decirte “Antonio, aunque soy bético, te admiro como jugador y como persona”. A lo mejor, me faltó valentía. A lo mejor, me sobró orgullo