Mi buen amigo Toni Doblas (portero del Real Betis) es uno de los pocos hombres felices del planeta. Cada mañana enfundado en un simple deseo de jugar, Toni entrena. Yo diría que se hace uno con la portería. Todos los días, temprano, con las primeras luces del alba, o al ocaso con las últimas, Toni se descubre a si mismo más portero, más persona. Esa capacidad de entrega lo ha llevado a estar donde esta, en lo más alto.
Para cualquiera, la gloria y la fama hubieran podido con él, para ese gran número 1.3 la cima no ha llegado aun. La toca, la acaricia y la sostiene entre sus dedos, nunca la retiene porque sabe de lo escurridizo de su tacto. Por eso es como es, por eso nunca llegó a cambiar, como dicen los que le conocen desde siempre. Es amigo antes que portero, suele comentarse.
Realmente es un ser especial, muy especial. Por eso hoy quiero dedicarle este rincón de mi blog, enseñando su faceta algo más oculta, la de periodista con un artículo suyo que he tenido el placer de leer.
Porque nunca le digo cuanto me gusta su forma de jugar, y porque tampoco le dicho nunca lo mucho que le aprecio como persona.
Mi soledad y yo
¿Qué puede sentir un portero cuando todo su equipo se amontona para celebrar un gol y él tiene que conformarse con vivir el momento desde la lejanía? ¿Y cuando se siente culpable de un error y hasta su propio equipo se lo echa en cara? ¿Quizá sea ese sentimiento el responsable de que los guardametas sean distintos a los demás jugadores en su carácter, en la manera de ver las cosas o en la vida?
Toni Doblas /Portero del Betis y estudiante de Periodismo
“Ser portero es, evidentemente, una manera de diferenciarse de los demás” (John Hodgson, 'Only the Goalkeeper to Beat', 1998). Una simple frase para describir de manera acertada una forma de ser, un carácter, una personalidad, una mentalidad, y muchas otras características que suelen tener los cancerberos por oposición a los demás futbolistas. Pero sin ellos el fútbol no existiría. Le dan un poco de carácter individualizado a este juego de equipo.
No hay nada más reconfortante para un guardameta que poder dialogar con otra persona que, aunque no hubiese sido profesional, haya estado situado debajo de una portería de 7'32 metros de largo y 2'44 de alto. Es tanta la similitud de ideas y tan semejante la forma de observar la realidad que, a veces, resulta digno de sorpresa. Se podría concluir incluso que, como los toreros, estamos fabricados de otro material. O tal vez sea que las experiencias comunes nos han hecho muy parecidos.
Desde la portería puede haber dos formas de escenificar ese sentimiento de soledad que embarga a todo guardameta durante un partido de fútbol: en una primera, esa soledad que a muchos puede llegar a volver locos -quizá sea ella la culpable de que a los arqueros nos etiqueten de alocados- puede ser comparada con una simple canción de amor o más bien de desamor, donde aparece el desamparo del enamorado destrozado de dolor porque alguien le abandonó y le dejó vacío. Así puede aparecer este sentimiento temible (el lado oscuro y muchas veces tabú) como en algunas de las composiciones de Alejandro Sanz (“Mi soledad y yo” por ejemplo, que sirve de título a este texto) o Antonio Orozco, por nombrar a algún cantautor nacional, comparable al miedo a la soledad del anciano que no quiere llegar nunca a estar así porque a veces se siente un estorbo.
La segunda forma, quizá, sea el contrapunto de la anterior. Se trata de la soledad observada desde el punto de vista de tener la necesidad de estar así y sentirte bien en tu propio espacio. El deseo de que nadie venga a molestarte cuando tú estás disfrutando de esa anhelada situación. Los hay que prefieren esa soledad, los conocidos como bohemios, que pasan la vida de una forma sosegada y a los que estar a solas les hace sacar desde lo más profundo de su interior una simple poesía, la admiración por un paisaje o la realización de variopintas actividades. La mente es libre para pensar cualquier cosa y, en soledad, todavía más. Pero entonces, cuando un portero está solo, ¿en qué piensa?, se preguntarán algunos. Muchos pueden creer que cuanto más tiempo esté sin nadie alrededor, mejor para su equipo, ya que así no encajará goles. A mi parecer, sin embargo, la concentración durante un encuentro te hace estar tan cerca como tan lejos de la jugada, ya sea en el área contraria o en la tuya propia. La mente, instrumento poderoso, es capaz de analizar ese lance del juego en la portería opuesta como si fuera en la tuya. Ahí estaría la semejanza con los bohemios.
En esos casos, el guardameta puede llegar a ser o a sentir lo mismo que esos personajes solitarios que pueden hacer que sus mentes viajen a sitios muy distintos. También puedes sentir esa temida soledad, aún más cuando has cometido un fallo y sientes que estás solo: tú y el balón. Lo demás, todo sobra: los jugadores, el público, el míster, las cámaras… Ése es el lado más temido por cualquier portero, aunque en el aspecto psicológico el arquero debe ser fuerte, controlar sus pensamientos y sentir que la soledad es el único “amigo” que está contigo durante todo el partido. Es como tu sombra: nunca te va a dejar solo.
Sin duda, Alejandro Sanz tuvo que jugar de portero en su niñez o algo así. Si no, escuchen con detenimiento esa buena canción “Mi soledad y yo”, fiel reflejo de nuestra realidad muchas veces en el campo de juego. Sólo espero no haber filosofado demasiado y que este artículo haya servido de algo. Aunque si nunca te pusiste bajo los palos, te costará comprenderlo...